San Juan de Palafox, obispo y virrey… y azote de jesuitas (II)

Por . 22 enero, 2014 en Edad Moderna
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Viene de La pasión y las pasiones. San Juan de Palafox, obispo y virrey… y azote de jesuitas (I)

 

América, el escenario de la gran confrontación

A pesar del rechazo inicial, nada podía torcer el rumbo de un nombramiento, en este caso doble: Palafox iba a ser obispo de Puebla, pero a la vez, “visitador general de todos los tribunales de aquel Reino (México)”. El cargo político imponía a Palafox “tomar residencia” a los marqueses de Cerralbo y Cadereita y concluir las comisiones del difunto Pedro Quiroga. Todo esto ordenaba el rey a su fiscal de Indias, que en el Memorial en que respondió recordaba

“cuanto necesitaban las materias de la Nueva España de remedio por estar desterrados casi todos los Oidores por el virrey y en grande relajación lo tocante al gobierno, Justicia, Hacienda y Guerra”.

Por tanto, Juan de Palafox sabía lo que le esperaba en México; también sabía lo que podría ocurrir si se mantenía firme en sus principios, pues ya les había ocurrido a otros antes, por ejemplo, a fray Juan Ramírez, natural de Murillo de Río Leza, obispo de Guatemala, al que los encomenderos quisieron asesinar y que, al final de su vida, acabó denunciando la situación ante el rey y ante el papa, en persona. En el caso de Palafox, este extremo no es baladí, pues la polémica posterior incidirá mucho en determinar el momento en que empezaron “las persecuciones”.

Palafox, consagrado, parece que pudo dejar una muestra de su estado de ánimo en la hipócrita y festiva Corte de Felipe IV, en el ambiente de los grandes, de los cortesanos hinchados y orgullosos –todos castellanos–, pues según cuenta Argáiz, uno de los más reputados biógrafos panegiristas del santo, hubo alusiones a la pobreza del marquesado de Ariza y guiños a las riquezas de México que el nuevo obispo podía aprovechar para “remediar parientes”.

La contestación de Palafox fue la esperable. Podemos imaginarlo, correoso y vitriólico, y sin duda, con los pobres por medio, los que ya formarán parte siempre de su discurso. Eran tiempos de epidemias y hambre y el asunto de la pobreza, la controversia sobre los pobres verdaderos –imagen de Cristo– contra los fingidos ocupaba a muchos hombres de Iglesia.

El obispo se dirigió a El Puerto de Santa María, de donde, acompañado por el nuevo virrey, el marqués de Villena y duque de Escalona, saldrá para México. Tras dos meses y medio de travesía, llegaron a Veracruz el 24 de junio de 1640, precisamente el día en que Palafox cumplía 40 años. El biógrafo Francisco Sánchez-Castañer supera incluso al biografiado al “profetizar” –sabiendo él lo que ocurrió– que

“los hombres, incluso de los que menos cabría esperarlo, empezarían a sembrar en ella (la tierra mexicana) la mala semilla de la discordia contra el bienintencionado pastor. Como en la vida del Salvador, el breve Tabor sería seguido del definitivo Gólgota”.

El 22 de julio, día de la Magdalena de 1640, el obispo Palafox “entraba”, en mula como era costumbre, en su sede episcopal de la Puebla de los Ángeles. No sabían todavía ni él ni el virrey, que había dado una gran fiesta de ocho días –como también era tradicional–, que Juan de Braganza se había proclamado Juan IV de Portugal y que en Barcelona ya se había producido el Corpus de Sangre (7 de junio). En el imperio español había empezado a ponerse el Sol, una circunstancia que necesariamente tenía que llevara a la acción a una persona como Palafox.

Al margen de la controversia –así quiere situarse este historiador–, lo cierto es que Palafox desarrolla nada más llegar un trabajo político impresionante, en consonancia con las innumerables facultades para las que ha sido nombrado o que se arroga, siempre en nombre del rey. Él mismo lo cuenta detalladamente en su Memorial al rey

“Visitó a los ministros de la Audiencia y concluyó las causas de los que se hallaron más gravemente culpados, de que resultaron diversas condenaciones y suspensiones de oficios, que todas las confirmó y aún algunas aumentó”.

Su pasión política le llevó a redactar nuevas ordenanzas “para todos los tribunales del Reino”, a “recibir la sumaria de todos los ministros superiores”, a sustanciar tantos pleitos que dejó sin ocupación a los relatores, pues había sentenciado “todos los atrasados de quince y veinte años”.

Obviamente, al llegar esto a Madrid sólo podía provocar una enorme expectación: este obispo iba a acabar él solo y en poco tiempo con males que se habían hecho viejos desde el siglo anterior. Una cruzada así tenía que despertar grandes sospechas, más si cabe cuando el obispo hablaba de los motines provocados por el enfrentamiento entre virrey y arzobispo en México en 1623, lo que él debía advertir que se repetiría si procedía contra el virrey Escalona como estaba ya pensando. También era muy sospechoso que el obispo recomendara aprender la lengua de los indios para evangelizarlos y que siempre hablara de indios, de pobres, de negros y mulatos, la gente de su predilección contra los poderosos, que empiezan a parecer sospechosos.

En efecto, Palafox arremetió contra el virrey Escalona y parece que sin pretenderlo el obispo, el rey le nombró interinamente en su puesto. Su poder entonces no tenía ya ninguna contención. Era el poder barroco por excelencia, el cielo y la tierra, el que se había declarado en Trento, el que se decía que detentaban los soberbios jesuitas por sus malas artes –denunciadas incluso en el seno de la Compañía– y que era propio de la Monarquía Hispánica Universal. Y Palafox era en ese contexto, el siguiente después del rey Católico y el siguiente después de un papa tan pro-español como Inocencio X. Era un puesto desde el que se podía lograr… ¡todo!

Políticamente, todo era el logro de la utopía, una república bien gobernada; religiosamente, todo era el logro del reino de Dios en la tierra, sin herejía, sin vicios, sin corrupción, sin explotadores de indios. Él era un elegido para llevar a cabo esta misión. No importaba que tuviera enfrente las instituciones que iba desmochando: el virreinato, la Inquisición, los jesuitas, otras órdenes religiosas, los activistas rebeldes a imitación de Portugal, Cataluña, Flandes, Nápoles, luego, de Navarra, Andalucía o Aragón…

En 1643 cae Olivares, llega al papado Inocencio X. Parece Dios querer acabar esta monarquía, escribe un arbitrista. Es entonces cuando Palafox empieza su particular cruzada contra los jesuitas (y contra todos). Iban a enfrentarse dos grandes torres de orgullo: el defensor de un episcopalismo tridentino exacerbado y los “bohemios” de las religiones, los que abandonando sus deberes se dedicaban a labores poco edificantes, pero muy beneficiosas para construir su mundo aparte, el de los poderosos: los jesuitas.

Desde entonces, la guerra ya no ha cesado. Todo tratado de paz es una tregua. Como dice Gregorio Bartolomé, “cuando al final de la partida intentemos recoger las piezas que se cobró cada parte, podremos catar los posos de un amargo café servido en altas mesas”. Pues “el juego concluyó con el espectacular jaque-mate a todo un obispo y virrey de Nueva España, al que peones, alfiles, caballos y torres pusieron un cerco insalvable, impidiéndole nada menos que el llegar a la gloria de los altares”.

Para el autor del excelente libro Jaque-mate al obispo virrey, el caso es “un volcán de jurisdicciones y poderes en pleito”, en el que se dan cita “diezmos, exenciones, honores, soberbias, desplantes, rebeldías, edictos y memoriales”. Como diría Torres Villarroel al presenciar una reunión de frailes airados, “da pena ver que donde tenía que haber tanto de Dios hubiera tanto de Mundo”.

Y por el mundo empezó el combate. El visitador general, al poco de llegar, comenzó a trabajar en los juicios de residencia de los marqueses de Cerralbo y Cadereita, mientras recibía la denuncia contra el virrey Escalona, ya en el contexto de la guerra de Portugal que acababa de empezar y de la situación de los portugueses en México, que despertaba inquietudes desde años atrás.

Escalona estaba emparentado con los Braganza, así que Palafox elevó la denuncia a Madrid, de donde llegó la orden de cese del virrey –que volvió a España, donde fue virrey de Navarra– y el nombramiento de virrey a favor del obispo Palafox.

El nuevo virrey obispo fue elevado, además, a la mitra de México, que sólo administró desde febrero de 1642 a marzo de 1643, pues no quiso tomar posesión. Él mismo consagró a su sucesor, Juan de Mañozca y Zamora, tío del inquisidor que le iba a procesar.

Para los panegiristas, éstos son los años de encumbramiento de Palafox en todos los órdenes, incluso en el torrente literario que salió de su pluma, pues el virrey obispo escribió mucho y de todo; pero también son los años en que se desataron contra él las grandes controversias.

Los conocedores de la vida del santo, que ya no podrá vivir en paz, reúnen en tres los grandes frentes abiertos por Palafox antes de su caída en desgracia: las doctrinas (es decir, la misiones regentadas por frailes que debían pasar a parroquias regidas por sacerdotes, tal y como exigía Palafox), los diezmos (que debían pagar incluso los religiosos: origen del problema con los jesuitas, que siendo los más ricos no pagaban) y las licencias ministeriales (que debía otorgar el obispo, siguiendo las directrices de Trento, también a los jesuitas, que confesaban y predicaban sin tenerlas).

En suma, los grandes temas se reducían a la visión estricta del obispo tridentino al pretender hacer de la parroquia el centro de la vida cristiana y a su interés, perfectamente comprensible en el tiempo, por administrar la principal fuente de ingresos de la Iglesia, los diezmos, enajenados por variadas causas, no siempre lícitas. No mucho más fue el principio de la batalla.

Sin embargo, cada una de las actuaciones del obispo y visitador provocaba grandes alborotos, especialmente las que los jesuitas tomaban como un ataque personal. Ya en 1641 apareció un libelo contra Palafox; en 1643, a las críticas de los jesuitas se sumaron las de los seguidores del virrey depuesto, y se sucedieron los pasquines “que hablan criminalísimamente de mi”, según expresión del propio Palafox, que obviamente contrarrestó con la pluma –enviando escritos a las más altas instancias– todo cuanto se decía contra él.

Primero, el destinatario fue el rey, al que le escribió innumerables memoriales; luego, el papa, destinatario de las tres famosas cartas llamadas “inocencianas”. Cuanto más escribía el obispo más calentaba los espíritus hasta que llegó el fuego.

Gregorio Bartolomé, que ha visto los miles de pasquines que generó la contienda, ha resumido los aspectos más escandalosos que van desde 1644 al “año de la gran polémica”, 1647. En ese periodo de tiempo Palafox se enfrentó a todos.

Las denuncias contra él llegaron de todas las instancias: de la ciudad de México, que escribe al rey; de la Inquisición de México, que publica un libelo –con notas del arzobispo–, calificado por Palafox de “sanguinario e infamante”; del virrey conde de Salvatierra, sobre multitud de asuntos; y desde luego, de los jesuitas, que en 1647 deciden acogerse al derecho de nombrar jueces conservadores –delegados por el Papa para defender a los religiosos–, eligiendo dos padres dominicos para la ocasión. Con ello daban principio al gran combate inacabado.

Ante la pretensión de los jesuitas, el obispo contestó advirtiendo al virrey de los escándalos que podrían producirse, pues la ciudad estaba ya dividida entre “juanetes” y “palancas” (el virrey, en efecto, lo puso en conocimiento del rey). Los jueces conservadores aceptaron 29 injurias graves contra el obispo, que poco después les excomulgó. El cruce de pasquines llegó al delirio y los conservadores excomulgaron al obispo. La Inquisición tuvo que intervenir para recoger los pasquines, mientras el virrey daba la razón a los conservadores contra Palafox en nombre del rey.

Los partidarios de Palafox, “gente baja, negros, mulatos y mestizos”, apedrean las casas de los jesuitas en un ambiente de gran exaltación del pueblo, mientras la Inquisición denuncia que el obispo tiene en su casa armas y municiones. El virrey advierte grave peligro de motines populares y, sin explicación alguna, Palafox desaparece, quizás conocedor del peligro que podía correr su vida.

El 17 de junio de 1647 Palafox se retira provocando una nueva polémica y, desde luego, grandes festejos de su detractores, que llegaron a representar funciones de teatro burlescas en el palacio episcopal. Pero él explica con naturalidad su huida:

“habiéndose declarado los pueblos en su defensa y los poderosos en su ofensa, por excusar muertes y desdichas, le dio Dios luz para tomar expediente de retirarse hasta que viniese el remedio de mano más superior”.

Cuatro meses estuvo escondido, “andando veinte leguas en un día”, sin comer más que un pedazo de pan y un huevo… hasta que en noviembre volvió a la sede, previo sometimiento al virrey que le prohibió la entrada en Puebla si no aceptaba la autoridad del rey. En su ausencia, se había hecho cargo del gobierno de la mitra el cabildo, que devolvió a los jesuitas las licencias. Éstos, exultantes, celebraron por todo lo alto el día de San Ignacio, ridiculizando al obispo en procesión, más bien una mascarada grotesca.

La paz entre Palafox y los jesuitas fue ya imposible, incluso mediando el papa. Al final de su episcopado en Puebla, Palafox firmaba su tercera Inocenciana, la más dura contra la Compañía. Tanto es así que el propio obispo se justificó luego diciendo que la carta era hija de las dolorosas circunstancias que atravesaba al verse fuera de la mitra y obligado por el rey a volver a España.

A diferencia de la segunda, en la que Palafox exponía críticas fundadas sobre la soberbia de la orden ignaciana, su vida mundana y sus ansias de control político –y que coinciden con críticas que los jesuitas venían recibiendo de antiguo–, en esta tercera deslizaba insultos y obscenidades impropias de un obispo.

Pero Palafox no era ya un obispo herido, sino un obispo hundido. Desde el 6 de febrero de 1648, fecha de la real cédula de Felipe IV, Palafox no era obispo de Puebla. Ni de ningún sitio, pues el rey sólo le prometía darle “iglesia vaca” que conocería sólo al llegar a España.

Casi un año después, el 5 de enero de 1649, el obispo anunciaba a sus fieles de Puebla su próximo viaje a España (el día 8 firmaba la tercera Inocenciana). El 6 de mayo dejaba Puebla para dirigirse a Veracruz, donde embarcaría el 10 de junio.

Con su marcha no cesó el enfrentamiento y las dos partes siguieron haciéndose daño, en Puebla, en México y…en Roma, pues al poco de morir, la Fábrica de Santos del Vaticano reprodujo las controversias.

De nuevo ante el Barroco, sorprende que en este clima, Palafox pudiera ser constructor de iglesias y catedrales, legar una biblioteca, mediar en enriquecer la Universidad de México, escribir y publicar una obra ingente, influir incluso en el arte –se habla en México de un estilo palafoxiano–, estimular el conocimiento de lenguas mexicanas, sin entrar en su acción pastoral incansable, o en el número de retratos y grabados con su retrato: quizás sea Palafox el hombre más retratado en la historia moderna de España.

 

Obispo calmado en Osma

Quedaba aún a Palafox la última etapa. Vuelto a España, se encontró “con una cama de espinas”, un clima de hostilidad que él entiende bien, “habiendo entrado desacreditado y deshonrado por las relaciones que de él habían hecho los quejosos de sus resoluciones y comisiones”. Salió airoso del preceptivo juicio de residencia, pero su cargo ya no fue el Consejo de Indias sino el Consejo Real de Aragón, un órgano mortecino.

Vivió la vida piadosa del cura pretendiente en Madrid, atraído por la Escuela de Cristo, desengañado –es tiempo de desengaños: ya se ha producido la derrota–; no duda en presentarse “con una calavera en la mano” para despedirse de sus hermanos antes de ir a tomar posesión de la mitra de Osma, en 1654.

De creer a su biógrafo, Francisco Sánchez-Castañer, Palafox fue “medio confinado en la pobre y esteparia provincia soriana”. No sabemos que el destino le pareciera tan mal a Palafox, pero su biógrafo cree que hubo de “vencer su natural repugnancia a admitir aquella diócesis” y “no quiso ni oír a los que le aconsejaban que no la aceptara”.

En fin, Palafox “iba a beber, hasta el fin, el cáliz de su amargura”. Parece que aún en el locus amoenus burgense, Palafox no puede ser un obispo sencillo y normal a pesar de ser, según otro de sus biógrafos, Argáiz, “un prelado muy hecho y muy experimentado para el gobierno y muy crecido en virtudes”. No parece que sean más merecedores de ellas los pobres de Puebla que los vecinos de El Burgo, pero… parece que no es posible hablar de Palafox sin provocar la controversia.

En Osma, el obispo se entregó a pastorear a sus fieles, a escribir y a meditar. No pudo olvidar el fuego que había desatado, que proseguía muy vivo en México y obligaba al propio papa a mediar, incluso, como hizo en 1653, a decretar el perpetuo silencio sobre el pleito entre jesuitas y Palafox.

Las algaradas callejeras seguían en México y en Puebla, mientras los numerosos pleitos promovidos iban recibiendo sentencias, en contra o a favor. En Osma, a pesar de su vida más sencilla, todavía desempolvó el asunto de los diezmos y las contribuciones eclesiásticas, y escribió contra la pretensión del arruinado monarca Felipe IV de cobrar los “millones” a las iglesias, permitido por el papa por un sexenio, que ya había terminado.

Su obrita, dirigida a los curas del obispado, llegó a la Corte y motivó una nueva reprimenda del rey, la última. Es la famosa carta, que tanto debió de herirle, que terminaba así:

“Acordaos que cuando vinisteis a España hallasteis quieto el estado eclesiástico y de lo que por vuestro proceder se inquietó el de las Indias. Moderad lo ardiente de vuestro celo, que de no hacerlo se pondrá el remedio conveniente”.

Antes Felipe IV le había reprochado haber “faltado a la obligación de ministro y a la de prelado”. Como recogió la sátira, “la carta obró de suerte que al bendito señor le dio la muerte, aunque fuera un santo no estaba hecho a tanto”.

En plena visita pastoral por los pueblos de la diócesis se sintió enfermo (junio de 1659) y dijo a uno de sus familiares: “vamos a Osma, a tratar de morir”. Es lo que le ocurrió el 1 de octubre de ese año.

Sólo seis años después del óbito, comenzó la información sobre su fama de santo, tanto en España como en México. Dieciocho obispos españoles pidieron en Roma su beatificación, a la que se adhirió la mayor parte de los cabildos catedralicios. Durmió luego el proceso en la Fábrica de Santos, para despertar en medio de la campaña antijesuítica desatada en Europa por Pombal y Choiseul y que acabaría con la extinción de la orden ignaciana en 1773.

Pero tampoco sopló viento propicio a pesar del empeño de Carlos III. Desde entonces, no se han rendido ni los que querían hacerle santo, ni los que han intentado impedirlo por todos los medios. Y todos los medios quiere decir todos los medios.

En tratándose de algo relacionado con Palafox hay que temer siempre, no la pasión, sino… las pasiones. Lo mismo si están por medio los soldados de la Compañía, que hoy –vivir para ver– deben dar culto al nuevo santo, su azote más terrible.


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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