Fernando VI y la España discreta. El rey y el reino (II)

Por . 24 junio, 2013 en Reseñas
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Viene de Fernando VI y la España discreta. El rey y el reino (I)

 

Conclusiones

Aunque es obvio que queda mucho por conocer del rey y del reinado pacíficos, esta síntesis seguramente servirá para modificar al menos la opinión general de barbecho y abandono que se les atribuye.

Quiérase o no, durante siglos la historia y su compañera la biografía han preferido territorios dominados por batallas, capitanes heroicos y, como mucho, artistas y científicos deslumbrantes, símbolos de tiempos espléndidos que anuncian los nuestros. Nada de eso se encuentra en el reinado de Fernando VI –menos en su figura–, pues todo parece orientarse al mantenimiento de la paz, tantas veces ¡ay! confundido con debilidad o entreguismo.

Todavía hace unos años se ha podido leer en obra de historiador que Wall desaprovechó la oportunidad de entrar en la guerra en 1758 con ventaja, mientras desde las primeras historias decimonónicas sobre el reinado se viene deslizando, al calor de la nueva lucha contra la decadencia –ahora, un duelo contra la historia de España–, un indisimulado rechazo del rey débil que no supo aprovechar un momento favorable para asestarle un hachazo a la Pérfida Albión y desquitarse de la humillación de Utrecht (y de Aquisgrán).

 

I. Un insoportable sesgo historiográfico

Gibraltar o Menorca estuvieron al alcance de la mano –parece intuirse en algunas historias nacionalistas–; los ingleses consiguieron que cayera Ensenada y dar al traste con sus planes de rearme naval aprovechando la debilidad del rey –se puede leer en buena parte de la historiografía–; en fin, todo parece indicar que de nuevo un rey poco capaz, como venía siendo norma desde los Austrias menores, fue el culpable de que España no acabara de triunfar de una vez contra sus seculares enemigos.

Así se construyó una historia vindicativa, la historia nacional de España, que necesariamente debió buscar en el Imperio español y en los grandes reyes del pasado lo que no tuvo en sus convulsos tiempos contemporáneos.

La España discreta que los ministros de Fernando VI quisieron construir era lo más opuesto a las omnipresentes ideas de regeneración, por lo que pasó a ser un elemento más del “despreciable siglo” menendezpelayano o del “siglo menos español” de Ortega.

 

II. Lo que esconde la neutralidad fernandina

Afortunadamente, hoy no se ven así las cosas. El siglo XVIII es antes que un escenario de combates maniqueos un objeto de serena reflexión al que precisamente el reinado de Fernando VI aporta por medio de la investigación objetiva argumentos de gran interés. Veamos algunos.

Quizás el más importante lo constituye la nueva política exterior. El giro desde la política belicista de Felipe V hacia la neutralidad fernandina no fue sólo el feliz encuentro entre la necesidad –crisis de la Hacienda en 1739, desmantelamiento naval, desprestigio militar, paz humillante (Aquisgrán)– y la virtud –las ideas erasmistas de Carvajal, la mirada al interior de Ensenada, el complejo inglés de Wall–; por el contrario, el concepto neutralidad fernandina es mucho más amplio.

Antes que abandonarse al dulce beneficio de la paz, los ministros fueron nautas vigilantes de una coyuntura de profundos cambios internacionales que exigió más diplomacia –más negociación y en más asuntos que los del reparto de soberanías– y otra estrategia bélica, más técnica y con más soporte económico.

Al primer reto respondieron Carvajal y Wall. Desde ópticas distintas, los dos ministros apostaron por una diplomacia activa que ensanchó sus objetivos de negociación más allá de la que tradicionalmente defendía los intereses monárquicos.

Entraron en juego los asuntos comerciales, el contrabando y los aranceles, las previsiones de cambio del monopolio español con las Indias, un rompecabezas para un Carvajal culto y leído que no podía ignorar lo que se venía aceptando en el norte de Europa desde Grocio: el mare liberum, la modernidad, contra una simple bula papal. Su idea de ampliar los puertos y su intuición del beneficio del libre comercio, antecedentes de las medidas carolinas posteriores, son lo más brillante –y si se quiere ilustrado– de este ministro de Exteriores idealista y a veces visionario.

Al segundo reto, la nueva guerra, Ensenada y en menor medida Arriaga contribuyeron con su idea de paz armada, paz a la espera o paz astuta: de esas tres maneras llamaba Ensenada a su plan de rearme naval, continuado a partir de 1754 aunque con más dificultades –sobre todo, la que sobrevenía de la política hacendística del atesorador Valparaíso– por su sucesor, el bailío Julián de Arriaga.

La novedad del plan ensenadista con respecto a la política de Patiño es que la Armada no debía ser sólo una respuesta al desafío militar inglés. La Marina, para Ensenada, era un complejo técnico expansivo, una locomotora industrial que debía ser capaz de reportar beneficios al ámbito civil mientras se producía el rearme. Para entendernos: era el ministro de Hacienda el que tenía un contundente proyecto naval.

No era sólo asunto de arsenales como con Patiño; ahora se involucraría a los particulares, a los marineros –la Matrícula del Mar–, mientras se activaba la industria metalúrgica y se adelantaba en todas las artes que confluían en el mundo naval y el comercio, desde la matemática –la obsesión por medir– a la óptica, pasando por la química –la metalurgia, el objetivo del siglo– la medicina, o el gran descubrimiento económico, el banco ensenadista, el Real Giro, una caja B que permitía pagos directos y sobornos: sacando provecho de la paz, era como había que preparar la próxima guerra, la que Ensenada sabía que era inevitable.

 

III. El beneficio de la paz, el ilustrado fruto del buen gobierno

Los beneficios en el interior se hacen notar en cuanto la paz de Aquisgrán permite hacer las “maravillas” que soñaba Carvajal. Todavía sin estridencias, lo que los clérigos denunciaban con el inveterado paso atrás hispánico ¡hasta dónde vamos a llegar!, la novedad y el conocimiento, la nueva estética y la moral del optimismo, es decir la Ilustración, se abrían paso en los círculos elitistas de las ciudades abiertas y cosmopolitas como Madrid, Cádiz o Barcelona.

Los embajadores y los viajeros extranjeros, siempre dados a contar de España lo que se esperaba del exótico caliente sur – “ellas, navaja en la liga; ellos, la faca en la faja”–, debían decir que el rey y la reina, a pesar todo, eran cultos, protegían las artes, la agricultura, mandaban hacer caminos y tenían  ministros eficaces y honrados.

El Catastro y el mapa de España que quería hacer Ensenada –no sólo una carta geográfica– permitía al rey recorrer sus dominios y a los ministros planificar de acuerdo con los intendentes provinciales que trasmitían necesidades y proyectos.

Caminos, puertos, un nuevo urbanismo, medidas fiscales –la abolición de las rentas provinciales, el horizonte inalcanzable de la Única, el decreto sobre juros–, proyectos: la España de Fernando VI fue una España de proyectos. Podía serlo, pues el sistema político –que fue elogiado por el mismísimo Feijoo, sorprendido por su eficacia– era sencillo y natural. Wall lo definió así, (y seguramente es la mejor definición del despotismo ilustrado): los ministros que proponen y el rey que decide. Exageraba, pero esa es la impresión que se quería dar para producir la confianza que los españoles tuvieron en su gobierno (hasta que llegaron los italianos de Carlos III).

Después de tanto tiempo de rey sin país –un Felipe V anhelando Versalles al lado de la italiana–, parece que hay ahora país con rey –el primer Borbón español– y sobre todo, con ministros. Uno, el tozudo y hosco Carvajal – “serías mejor si no quisieras ser tan bueno”, le decía el duque de Huéscar–, el otro, “El Amigo”, el dicharachero Ensenada; el último, el leal y conspicuo Ricardo Wall, el anglófilo jacobita que precisamente por su cliché tuvo que aparentar más españolidad que ninguno: todos son respetados y hasta ponderados por los embajadores y los ministros extranjeros.

Hasta el final del reinado, cuando el luto se adueña del hasta entonces feliz palacio de la música y las artes, no hay tintas negras. Sólo la muerte de Carvajal el 8 de abril de 1754 y la caída de Ensenada el 20 de julio de ese año –cuando se vio realmente que Carvajal en vez de enemigo de Ensenada fue a pesar de todo su valedor– pone una nota de desengaño en algunos y de pesimismo en otros, pero el nuevo gobierno –tres ministros y medio para tapar el boquete que dejó Ensenada– no parece que vaya a variar el rumbo.

Se mantiene la neutralidad carvajalista, siguen los proyectos y al fin estalla la guerra de los Siete Años un año después de faltar Ensenada: el “bouleversement de toutes les tetes” que se había apreciado en la primavera y el verano de 1754 se hace aún más evidente.

El Madrid neutral fernandino se convierte en un hervidero de presiones, de espías y sicarios que quieren la alianza militar española en una guerra marítima y comercial en la que Francia se juega su papel de cabeza del continente e Inglaterra su proyección marítima y su plan de abrir mercados, el objetivo de sus industriales y comerciantes que viven ya lo que luego vamos a llamar Revolución Industrial, un proceso que necesita mercados, aunque sean tan lejanos como Canadá o India, los escenarios de esa primera guerra mundial colonial.

Wall no sucumbirá a las presiones internacionales y Fernando VI hará notar, ahora más que nunca, que ha logrado ser al fin el rey independiente y pacífico que no quiere guerra con nadie, lo que fue desde el principio el primer objetivo de sus ministros.

Su hermanastro Carlos se desespera en Nápoles porque el rey de España no ha “tomado partido” tal y como se está poniendo Europa –y se lo reprocha por carta–, pues teme por las Indias, pero Arriaga intenta convencerle –y convencerse– de que la Marina responderá como lo había hecho siempre, pues no había otra posibilidad de defender América sino con las “fortalezas móviles” que acudirían a donde hubiera necesidad tras la agresión de los enemigos, tal y como había establecido la estrategia ensenadista, que dejó bien patente que a la Marina inglesa no había que enfrentarse frontalmente: la lección solo se olvidó en un desgraciado momento: Trafalgar.

Sin embargo, a la corte feliz llega la muerte, la enfermedad, la locura… el año con rey y sin rey y el medio año con dos reyes y con ninguno.

 

Concluye en Fernando VI y la España discreta. El rey y el reino (III)


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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