Fernando VI y la España discreta. El rey y el reino (I)

Por . 17 junio, 2013 en Edad Moderna
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El catedrático de Historia Moderna de la Universidad de La Rioja, José Luis Gómez Urdáñez (Murillo de Río Leza, 1953), es uno de los principales especialistas en el reinado de Fernando VI.

Punto de Vista Editores ha publicado en dos volúmenes una reedición actualizada de su indispensable obra Fernando VI y la España discreta. El rey y el reino.

Anatomía de la Historia tiene el privilegio de hacer llegar a sus lectores una sinopsis de la misma escrita por el propio autor, así como las conclusiones de este trabajo historiográfico que nos atrevemos a calificar de “indispensable y único”.

Anatomía de la Historia

 

El rey

El reinado de Fernando VI, el primer Borbón nacido en España, ya no es en la historiografía una antesala donde esperar al “más ilustrado” de Carlos III.

La paz, el deseo más sentido del monarca tras las incontables guerras emprendidas por su padre, se logró dos años después de su proclamación, lo que permitió, en palabras del destacado ministro fernandino José de Carvajal, “hacer prodigios si supiéramos”. En eso estaba ya desde el reinado anterior otro gran ministro, el marqués de la Ensenada, que solo esperaba dejar de pagar soldados para emplear el dinero en construir barcos, puertos, canales y caminos. A la vez, emprendía la reforma de la Hacienda, que debía hacer rico al rey sin empobrecer a los súbditos.

Todo debía hacerse con el apoyo de la ciencia, la técnica… las “luces”. Incluso la literatura fue puesta al servicio de la acción política. En 1752, el Pacífico, que de tal manera se le llamaría a Fernando VI, podía estar orgulloso de sus logros y, en efecto, era pública su alegría a pesar de su enfermedad, los funestos “vapores” y las arrebatadas “furias”, un trastorno bipolar que terminaría en locura.

La reina Bárbara de Braganza, el confesor Rávago, el amigo Ensenada, eran el necesario equipo terapéutico, completado por Farinelli, el gran maestro de la Corte teatral que fue la de los reyes, especialmente en Aranjuez.

Pero comenzó el declive: tras la muerte de Carvajal en abril de 1754, el rey fue forzado por una conjura del duque de Alba, Ricardo Wall y el embajador Benjamin Keene, a desterrar a Ensenada.

Al año siguiente comenzó la guerra, la que tanto temía el caído Ensenada. Wall logró a duras penas mantenerse neutral, pero no supo impedir que se paralizaran muchos proyectos, entre ellos, el de la Armada y el Real Giro, que acabó descapitalizado. El nuevo ministro de Marina, Julián de Arriaga, y el de Hacienda, el conde de Valparaíso, no daban la talla.

Al poco, la reina enferma; no hay remedio, muere en 1758. El rey se aleja de todo lo que recuerde a su amada esposa y se encierra en el castillo madrileño de Villaviciosa de Odón. Pronto llega la locura, que se hace horrorosa en los últimos meses, y al fin la muerte. Todo se paraliza “sin rey”; mientras, con desesperante calma, Carlos III sale de Nápoles en viaje triunfal.

El reino

Al llegar al trono Fernando VI, España ha dejado atrás las tintas más negras de la decadencia, pero por más que haya signos muy esperanzadores de progreso económico, las estructuras siguen siendo una losa pesada que los privilegiados, la Iglesia y la nobleza, no están dispuestos a suavizar.

Los ministros deben ser precavidos cuando intentar reformar, lo único que pueden hacer frente a estos obstáculos formidables. Ensenada logró el Concordato más regalista del siglo –la puerta por la que la Iglesia iba a empezar a contribuir al Estado–, pero no consiguió que “cada uno contribuya por lo que tiene” –el objetivo del Catastro y de la Única Contribución–, una afrenta que igualaba a los nobles pero que éstos no iba a permitir.

El Catastro ponía en evidencia la esencia de un régimen de ociosos rentistas, exentos de contribuir al Estado, que no dejaban más que lo justo en manos del campesino, incapaz por tanto de mejorar. Igual ocurría con el comercio, todavía limitado por las trabas de peajes en los señoríos, de aduanas interiores en las fronteras de los reinos, de estancos y monopolios desde hacía siglos, de precios tasados por los ayuntamientos oligárquicos.

Tampoco los artesanos podían superar las trabas gremiales y las rutinas de su oficio, salvo en las grandes ciudades como Barcelona, Madrid, o Cádiz, donde llegaron muchos maestros extranjeros, igual que a las reales fábricas, o a los arsenales. Estas fábricas protegidas, que caracterizan el reinado y fueron la gran esperanza, como las compañías privilegiadas, pronto se vieron condenadas al fracaso, pues falló la demanda y el Estado no pudo sostenerlas.

Los españoles no dan el tono alegre que reina en los palacios reales, o en las casas de los ricos, pues los pobres no dejan de aumentar, especialmente en Madrid, pero lejos de mostrar descontento, se muestran resignados. La Iglesia sigue haciendo misiones, la Inquisición mantiene el control social y la ortodoxia; la pluma sigue al servicio de una serena Ilustración, tal y como quiere el gobierno y complace a los reyes.

Florecen pausadamente las artes; hay avances en la ciencia, en la técnica y la medicina. Se hacen obras públicas y se disfruta de la paz, que ahora no es fruto de la victoria, sino del arte de la diplomacia… es la España discreta del rey Pacífico.

Continúa en Fernando VI y la España discreta (II)


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Nací en 1953, en Murillo de Río Leza, un pueblo riojano amable y próspero, con buen vino y muy poca cultura. Gracias a una beca pude ir, en 1972, a la Universidad de Zaragoza, donde quedé fascinado por el saber de muchos profesores, pero sobre todo por Rafael Olaechea. Otra beca, la de investigación, me permitió hacer la tesis doctoral y, en 1981, tuve mi primer encargo docente en el Colegio Universitario de La Rioja. Creada la Universidad de La Rioja en 1992, asumí el compromiso total como director de departamento y miembro de la junta de gobierno, saqué mi cátedra y publiqué mis dos mejores libros: El proyecto reformista de Ensenada (Lleida, 1996) y Fernando VI (Madrid, 2001; actualizado y ampliamente revisado en dos volúmenes para Punto de Vista en 2013). Pero no olvidé la historia local, el laboratorio, y escribí libros sobre el vino, la guerra civil o el franquismo, con otros doctorandos y profesores jóvenes. Mi predilección por la política en el XVIII me llevó a seguir escribiendo artículos y libros, digitalizados en www.gomezurdanez.com, la página creada en 2000 que recoge también mi relación constante con Polonia desde que, en 1997, conocí a mis amigos Cezary Taracha y Jan Ciechanowski, hoy catedrático en Lublin uno y ministro del gobierno, otro; grandes hispanistas.

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